CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA
FORMACION ETICA Y CIUDADANA 6º
AÑO IPSBA
1-¿Qué es la libertad? 1730-1733/1743-1744
2-¿Qué relación hay entre libertad y
responsabilidad? 1734-1737/1745-1746
3-¿Por qué todo hombre
tiene derecho al ejercicio de su libertad? 1738/1747
4-¿Dónde se sitúa la
libertad humana en el orden de la salvación? 1739-1742/1748
5-¿Cuál es la fuente de
moralidad de los actos humanos? 1749-1754/1757-1758
6-¿Cuándo un acto es moralmente
bueno? 1755-1756/1759-1760
7-¿Hay actos que son
siempre ilícitos? 1756-1761
8-¿Qué son las pasiones? 1762-1766/1771-1772
9-¿Las pasiones son
moralmente buenas o malas? 1767-1770/1773-1775
1730 Dios ha
creado al hombre racional confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la
iniciativa y del dominio de sus actos. “Quiso Dios “dejar al hombre en manos de
su propia decisión” (Si 15,14.), de modo que busque a su Creador sin
coacciones y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección”(GS 17): «El hombre es racional, y
por ello semejante a Dios; fue creado libre y dueño de sus actos» (San Ireneo
de Lyon, Adversus haereses, 4, 4, 3).
1731 La libertad
es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de
hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el
libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una
fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad
alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza.
1732 Hasta que
no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es Dios, la
libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por
tanto, de crecer en perfección o de flaquear y pecar. La libertad caracteriza
los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de
reproche, de mérito o de demérito.
1733 En la
medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre. No
hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia. La
elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a
la esclavitud del pecado (cf Rm 6, 17).
1734 La libertad
hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que estos son
voluntarios. El progreso en la virtud, el conocimiento del bien, y la ascesis
acrecientan el dominio de la voluntad sobre los propios actos.
1735 La imputabilidad
y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso
suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor,
los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales.
1736 Todo acto
directamente querido es imputable a su autor:
Así el Señor pregunta a Adán tras el pecado en el paraíso: “¿Qué
has hecho?” (Gn 3,13). Igualmente a Caín (cf Gn 4, 10). Así
también el profeta Natán al rey David, tras el adulterio con la mujer de Urías
y la muerte de éste (cf 2 S 12, 7-15).
Una acción puede ser indirectamente voluntaria cuando resulta de
una negligencia respecto a lo que se habría debido conocer o hacer, por
ejemplo, un accidente provocado por la ignorancia del código de la circulación.
1737 Un efecto
puede ser tolerado sin ser querido por el que actúa, por ejemplo, el
agotamiento de una madre a la cabecera de su hijo enfermo. El efecto malo no es
imputable si no ha sido querido ni como fin ni como medio de la acción, como la
muerte acontecida al auxiliar a una persona en peligro. Para que el efecto malo
sea imputable, es preciso que sea previsible y que el que actúa tenga la
posibilidad de evitarlo, por ejemplo, en el caso de un homicidio cometido por
un conductor en estado de embriaguez.
1738 La libertad
se ejercita en las relaciones entre los seres humanos. Toda persona humana,
creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser
libre y responsable. Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que
éste tiene derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una
exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana, especialmente en
materia moral y religiosa (cf DH 2). Este derecho debe ser
reconocido y protegido civilmente dentro de los límites del bien común y del
orden público (cf DH 7).
1739 Libertad y
pecado. La
libertad del hombre es finita y falible. De hecho el hombre erró. Libremente
pecó. Al rechazar el proyecto del amor de Dios, se engañó a sí mismo y se hizo
esclavo del pecado. Esta primera alienación engendró una multitud de
alienaciones. La historia de la humanidad, desde sus orígenes, atestigua
desgracias y opresiones nacidas del corazón del hombre a consecuencia de un mal
uso de la libertad.
1740 Amenazas
para la libertad. El ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir
y hacer cualquier cosa. Es falso concebir al hombre “sujeto de esa libertad
como un individuo autosuficiente que busca la satisfacción de su interés propio
en el goce de los bienes terrenales” (Congregación para la Doctrina de la Fe,
Instr. Libertatis conscientia, 13). Por otra parte, las condiciones de
orden económico y social, político y cultural requeridas para un justo
ejercicio de la libertad son, con demasiada frecuencia, desconocidas y
violadas. Estas situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral y
colocan tanto a los fuertes como a los débiles en la tentación de pecar contra
la caridad. Al apartarse de la ley moral, el hombre atenta contra su propia
libertad, se encadena a sí mismo, rompe la fraternidad con sus semejantes y se
rebela contra la verdad divina
1741 Liberación
y salvación. Por su Cruz gloriosa, Cristo obtuvo la salvación para todos los
hombres. Los rescató del pecado que los tenía sometidos a esclavitud. “Para ser
libres nos libertó Cristo” (Ga 5,1). En Él participamos de “la verdad
que nos hace libres” (Jn 8,32). El Espíritu Santo nos ha sido dado, y,
como enseña el apóstol, “donde está el Espíritu, allí está la libertad” (2
Co 3,17). Ya desde ahora nos gloriamos de la “libertad de los hijos de
Dios” (Rm 8,21).
1742 Libertad
y gracia. La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra
libertad cuando ésta corresponde al sentido de la verdad y del bien que Dios ha
puesto en el corazón del hombre. Al contrario, como lo atestigua la experiencia
cristiana, especialmente en la oración, a medida que somos más dóciles a
los impulsos de la gracia, se acrecientan nuestra íntima verdad y nuestra
seguridad en las pruebas, como también ante las presiones y coacciones del
mundo exterior. Por el trabajo de la gracia, el Espíritu Santo nos educa en la
libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en
la Iglesia y en el mundo.
«Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los
males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos
libremente cumplir tu voluntad» (Domingo XXXII del Tiempo ordinario,
Colecta: Misal Romano)
1743 Dios [...]
ha querido “dejar al hombre [...]en manos de su propia decisión” (Si
15,14), para que pueda adherirse libremente a su Creador y llegar así a la
bienaventurada perfección (cf GS 17, 1).
1744 La
libertad es el poder de obrar o de no obrar y de ejecutar así, por sí mismo,
acciones deliberadas. La libertad alcanza su perfección, cuando está ordenada a
Dios, el supremo Bien.
1745 La
libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Hace al ser humano
responsable de los actos de que es autor voluntario. Es propio del hombre
actuar deliberadamente.
1746 La
imputabilidad o la responsabilidad de una acción puede quedar disminuida o
incluso anulada por la ignorancia, la violencia, el temor y otros factores
psíquicos o sociales.
1747 El
derecho al ejercicio de la libertad, especialmente en materia religiosa y
moral, es una exigencia inseparable de la dignidad del hombre. Pero el ejercicio
de la libertad no implica el pretendido derecho de decir o de hacer cualquier
cosa.
1748 “Para
ser libres nos libertó Cristo” (Ga 5, 1).
LA MORALIDAD DE LOS ACTOS HUMANOS
1749 La libertad
hace del hombre un sujeto moral. Cuando actúa de manera deliberada, el hombre
es, por así decirlo, el padre de sus actos. Los actos humanos, es decir,
libremente realizados tras un juicio de conciencia, son calificables
moralmente: son buenos o malos.
1750 La
moralidad de los actos humanos depende:
— del objeto elegido;
— del fin que se busca o la intención;
— de las circunstancias de la acción.
— del fin que se busca o la intención;
— de las circunstancias de la acción.
El objeto, la intención y las circunstancias forman las “fuentes”
o elementos constitutivos de la moralidad de los actos humanos.
1751 El objeto
elegido es un bien hacia el cual tiende deliberadamente la voluntad. Es la
materia de un acto humano. El objeto elegido especifica moralmente el acto del
querer, según que la razón lo reconozca y lo juzgue conforme o no conforme al
bien verdadero. Las reglas objetivas de la moralidad enuncian el orden racional
del bien y del mal, atestiguado por la conciencia.
1752 Frente al
objeto, la intención se sitúa del lado del sujeto que actúa. La
intención, por estar ligada a la fuente voluntaria de la acción y por
determinarla en razón del fin, es un elemento esencial en la calificación moral
de la acción. El fin es el término primero de la intención y designa el
objetivo buscado en la acción. La intención es un movimiento de la voluntad
hacia un fin; mira al término del obrar. Apunta al bien esperado de la acción
emprendida. No se limita a la dirección de cada una de nuestras acciones
tomadas aisladamente, sino que puede también ordenar varias acciones hacia un
mismo objetivo; puede orientar toda la vida hacia el fin último. Por ejemplo, un
servicio que se hace a alguien tiene por fin ayudar al prójimo, pero puede
estar inspirado al mismo tiempo por el amor de Dios como fin último de todas
nuestras acciones. Una misma acción puede, pues, estar inspirada por varias
intenciones como hacer un servicio para obtener un favor o para satisfacer la
vanidad.
1753 Una
intención buena (por ejemplo: ayudar al prójimo) no hace ni bueno ni justo un
comportamiento en sí mismo desordenado (como la mentira y la maledicencia). El
fin no justifica los medios. Así, no se puede justificar la condena de un
inocente como un medio legítimo para salvar al pueblo. Por el contrario, una
intención mala sobreañadida (como la vanagloria) convierte en malo un acto que,
de suyo, puede ser bueno (como la limosna) (cf Mt 6, 2-4).
1754 Las circunstancias,
comprendidas en ellas las consecuencias, son los elementos secundarios de un
acto moral. Contribuyen a agravar o a disminuir la bondad o la malicia moral de
los actos humanos (por ejemplo, la cantidad de dinero robado). Pueden también
atenuar o aumentar la responsabilidad del que obra (como actuar por miedo a la
muerte). Las circunstancias no pueden de suyo modificar la calidad moral de los
actos; no pueden hacer ni buena ni justa una acción que de suyo es mala.
1755 El acto moralmente
bueno supone a la vez la bondad del objeto, del fin y de las
circunstancias. Una finalidad mala corrompe la acción, aunque su objeto sea de
suyo bueno (como orar y ayunar para ser visto por los hombres).
El objeto de la elección puede por sí solo viciar el
conjunto de todo el acto. Hay comportamientos concretos —como la fornicación—
que siempre es un error elegirlos, porque su elección comporta un desorden de
la voluntad, es decir, un mal moral.
1756 Es, por
tanto, erróneo juzgar de la moralidad de los actos humanos considerando sólo la
intención que los inspira o las circunstancias (ambiente, presión social,
coacción o necesidad de obrar, etc.) que son su marco. Hay actos que, por sí y
en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones,
son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la
blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio. No está permitido hacer
el mal para obtener un bien.
1757 El
objeto, la intención y las circunstancias constituyen las tres “fuentes”; de la
moralidad de los actos humanos.
1758 El
objeto elegido especifica moralmente el acto de la voluntad según que la razón
lo reconozca y lo juzgue bueno o malo.
1759 “No se
puede justificar una acción mala por el hecho de que la intención sea buena”
(S. Tomás de Aquino, In duo praecepta caritatis et in decem Legis praecepta
expositio, c. 6). El fin no justifica los medios.
1760 El acto
moralmente bueno supone a la vez la bondad del objeto, del fin y de las
circunstancias.
1761 Hay
comportamientos concretos cuya elección es siempre errada porque esta comporta
un desorden de la voluntad, es decir, un mal moral. No está permitido hacer un
mal para obtener un bien.
1762 La persona
humana se ordena a la bienaventuranza por medio de sus actos deliberados: las
pasiones o sentimientos que experimenta pueden disponerla y contribuir a ello.
1763 El término
“pasiones” pertenece al patrimonio del pensamiento cristiano. Los sentimientos
o pasiones designan las emociones o impulsos de la sensibilidad que inclinan a
obrar o a no obrar en razón de lo que es sentido o imaginado como bueno o como
malo.
1764 Las
pasiones son componentes naturales del psiquismo humano, constituyen el lugar de
paso y aseguran el vínculo entre la vida sensible y la vida del espíritu.
Nuestro Señor señala al corazón del hombre como la fuente de donde brota el
movimiento de las pasiones (cf Mc 7, 21).
1765 Las
pasiones son numerosas. La más fundamental es el amor que la atracción del bien
despierta. El amor causa el deseo del bien ausente y la esperanza de obtenerlo.
Este movimiento culmina en el placer y el gozo del bien poseído. La aprehensión
del mal causa el odio, la aversión y el temor ante el mal que puede sobrevenir.
Este movimiento culmina en la tristeza a causa del mal presente o en la ira que
se opone a él.
1766 “Amar es
desear el bien a alguien” (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2,
q. 26, a. 4, c). Los demás afectos tienen su fuerza en este movimiento original
del corazón del hombre hacia el bien. Sólo el bien es amado (cf. San Agustín,
De Trinitate, 8, 3, 4). “Las pasiones son malas si el amor es malo, buenas
si es bueno” (San Agustín, De civitate Dei, 14, 7).
1767 En sí
mismas, las pasiones no son buenas ni malas. Sólo reciben calificación moral en
la medida en que dependen de la razón y de la voluntad. Las pasiones se llaman
voluntarias “o porque están ordenadas por la voluntad, o porque la voluntad no
se opone a ellas” (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q. 24,
a. 1, c). Pertenece a la perfección del bien moral o humano el que las pasiones
estén reguladas por la razón (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae,
1-2, q. 24, a. 3, c).
1768 Los
sentimientos más profundos no deciden ni la moralidad, ni la santidad de las
personas; son el depósito inagotable de las imágenes y de las afecciones en que
se expresa la vida moral. Las pasiones son moralmente buenas cuando contribuyen
a una acción buena, y malas en el caso contrario. La voluntad recta ordena al
bien y a la bienaventuranza los movimientos sensibles que asume; la voluntad
mala sucumbe a las pasiones desordenadas y las exacerba. Las emociones y los
sentimientos pueden ser asumidos en las virtudes, o pervertidos en los vicios.
1769 En la vida
cristiana, el Espíritu Santo realiza su obra movilizando todo el ser incluidos
sus dolores, temores y tristezas, como aparece en la agonía y la pasión del
Señor. Cuando se vive en Cristo, los sentimientos humanos pueden alcanzar su
consumación en la caridad y la bienaventuranza divina.
1770 La
perfección moral consiste en que el hombre no sea movido al bien sólo por su
voluntad, sino también por su apetito sensible según estas palabras del salmo:
“Mi corazón y mi carne gritan de alegría hacia el Dios vivo” (Sal 84,3).
1771 El
término “pasiones” designa los afectos y los sentimientos. Por medio de sus
emociones, el hombre intuye lo bueno y lo malo.
1772 Ejemplos
eminentes de pasiones son el amor y el odio, el deseo y el temor, la alegría,
la tristeza y la ira.
1773 En las
pasiones, en cuanto impulsos de la sensibilidad, no hay ni bien ni mal moral.
Pero según dependan o no de la razón y de la voluntad, hay en ellas bien o mal
moral.
1774 Las
emociones y los sentimientos pueden ser asumidos por las virtudes, o
pervertidos en los vicios.
1775 La
perfección del bien moral consiste en que el hombre no sea movido al bien sólo
por su voluntad, sino también por su “corazón”.
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