—Los filósofos, al ver que su alma
está verdaderamente ligada y pegada al cuerpo, y forzada a considerar los
objetos por medio del cuerpo, como a través de una prisión oscura, y no por sí
misma, conocen perfectamente que la fuerza de este lazo corporal consiste en
las pasiones, que hacen que el alma misma encadenada contribuya a apretar la
ligadura. Conocen también que la filosofía, al apoderarse del alma en tal
estado, la consuela dulcemente e intenta desligarla, haciéndola ver que los
ojos del cuerpo sufren numerosas ilusiones, lo mismo que los oídos y que todos
los demás sentidos; la advierte que no debe hacer de ellos otro uso que aquel a
que obliga la necesidad, y la aconseja que se encierre y se recoja en sí misma;
que no crea en otro testimonio que en el suyo propio, después de haber
examinado dentro de sí misma lo que cada cosa es en su esencia; debiendo estar
bien persuadida de que cuanto examine por medio de otra cosa, como muda con el
intermedio mismo, no tiene nada de verdadero. Ahora bien; lo que ella examina
por los sentidos es sensible y visible; y lo que ve por sí misma es invisible e
inteligible. El alma del verdadero filósofo, persuadida de que no debe oponerse
a su libertad, renuncia, en cuanto le es posible, a los placeres, a los deseos,
a las tristezas, a los temores, porque sabe que, después de los grandes
placeres, de los grandes temores, de las extremas tristezas y de los extremos
deseos, no sólo se experimentan los males sensibles, que todo el mundo conoce,
como las enfermedades o la pérdida de bienes, sino el más grande y el íntimo de
todos los males, tanto más grande, cuanto que no se deja sentir.
Platón, Fedón, 82e-83b
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